De dónde venimos

Adivina a quién se parece el hombre de esta imagen.

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Si todavía no tienes claro quién es el retratado, te dará pista segura el leer el testimonio de un hombre de su tiempo, Ramón de Mesonero Romanos, sobre qué pasó en Madrid cuando el de la imagen regresó a España en 1814 entre gritos de “¡Viva la Inquisición!”.

Capítulo IX
1814

Regreso de Fernando VII

– I –

Extraño y formidable contraste con el de la solemne ceremonia del día 2, que queda descrita en el capítulo anterior, formaba el espectáculo repugnante que le tocó presenciar a Madrid nueve días después, el 11 del mismo mayo; y hago esta distinción, porque en aquel el pueblo entero de la heroica villa era el que se movía, guiado por los instintos del más noble patriotismo, y en este veía con dolor usurpado su nombre y hollada su dignidad por una turba grosera y alquilada, que se entregaba a los más abominables excesos.

Por muy opuesto que sea a mi carácter y al tenaz propósito con que he sabido conservar a mi modesta pluma en el más absoluto apartamiento de la política, no es posible en ocasiones como la presente prescindir de tomar en cuenta aquellos hechos históricos, que tanta influencia tuvieron en la ya progresiva o ya retrógrada, de la civilización y de la cultura -que es lo que bien o mal  me propuse reflejar en estas Memorias, ayudado únicamente de mi buena fe, de mi independencia de los partidos y de la más absoluta veracidad–. Hecha esta sincera protesta, entro en la narración del grave suceso que en la primera quincena del mes de mayo dio un inesperado giro a la historia patria, y que tan funesta influencia tuvo en su desarrollo ulterior.

Sabido es que en la noche del 10 de mayo de aquel año, y cuando las Cortes, aunque convencidas de la resistencia que ofrecía el Rey a jurar la Constitución, habían celebrado su sesión ordinaria, y retirádose a casas los diputados, bien ajenos por cierto de que el desenlace de esta situación había de ser tan violento y fatal, el capitán general de Castilla la Nueva, D. Francisco Eguía, nombrado previa y secretamente por el Rey para este encargo, y auxiliado de los alcaldes de Casa y Corte, se presentó en la morada de los Regentes -que la tenían en las habitaciones bajas del Real Palacio- y sucesivamente en las de los diputados conocidos por sus ideas políticas en sentido constitucional, las de los periodistas, literatos y otras personas de diversas categorías, desde la de Grande de España hasta la de insignes comediantes; todos los cuales, conducidos a las diversas cárceles y cuarteles de la capital, quedaron reducidos a la más rigurosa prisión. A la mañana siguiente apareció el célebre decreto, firmado por el Rey en Valencia a 4 del mismo mes, en que, a vueltas de unas frases consoladoras, tales como las de «aborrezco y detesto el despotismo; ni las luces y cultura de las naciones de Europa lo sufren ya; ni en España fueron déspotas jamás sus reyes; ni sus buenas leyes y constitución lo han autorizado…». «Yo trataré con los procuradores de España y de las Indias y en Cortes legítimamente convocadas… de establecer sólida y legítimamente cuanto convenga al bien de mis reinos…», con otras muchas declaraciones y protestas, todas en el sentido más lato y conciliador, concluía por anular las llamadas Cortes, la Constitución y todos sus decretos y disposiciones, mandando que todo volviese al ser y estado que tenía en 1808.

Al aparecer en La Gaceta del 11 este Real decreto, la población de Madrid quedó suspensa y vacilante entre las más opuestas apreciaciones y dudosas esperanzas; pero muy luego hubo de salir de su error al saber las prisiones verificadas en la noche anterior y el terrible aparato con que se había cuidado de revestir el golpe de Estado. Faltábala aún conocer la segunda parte del programa elaborado, acaso sin su conocimiento –quiero hacerle esta justicia-, por los pérfidos consejeros de Fernando, y esta segunda parte era el movimiento y manifestación popular preparada con dos o tres centenares de personas, de la ínfima plebe, reclutadas al efecto en las tabernas y mataderos, para salir por las calles ultrajando todos los objetos relacionados con el Gobierno constitucional, atacando a todas las personas que les cuadrase señalar con los epítetos de flamasones, herejes y judíos, al compás de los correspondientes gritos de ¡viva la Religión! ¡abajo las Cortes! ¡viva Fernando VII! ¡viva la Inquisición! etc.

Con tales disposiciones, la turba hostil y desenfrenada corrió a la Plaza Mayor, invadió la casa Panadería, y arrancando la lápida de la Constitución (que se les señaló como símbolo), la hicieron mil pedazos, que metidos luego en un serón arrastraron por todo Madrid, y muy especialmente por delante de las cárceles y cuarteles, en donde se les dijo que estaban presos los liberales, redoblando allí los insultos, amenazas y tentativas más hostiles. Trasladáronse luego al palacio de las Cortes -a aquel mismo edificio que pocos días antes había contribuido a decorar el vecindario de Madrid-, apedrearon y mutilaron las estatuas y letreros, invadieron la sala de sesiones y rompieron  e inutilizaron todos los efectos que pudieron haber a las manos: todo con el encarnizamiento y saña propios de una horda de salvajes, y como si estuvieran -que sí lo estarían- embriagados de furor, contra objetos y personas que desconocían completamente y de los que no habían recibido el menor agravio; y al paso, no satisfechos con las vociferaciones más horribles contra las personas de los presos y con las amenazas de muerte y exterminio, detenían a todo transeúnte que no se unía a ellos, y que en su semblante, su traje y sus modales daba a conocer que no pertenecía a su clase y sentimientos; y siguiendo sus dañados impulsos, arrancaban a unos el sombrero blanco o la corbata negra, que eran, según decían, señales de flamasón; cortaban a otros las borlas de las botas, que entonces se llevaban por encima del pantalón ajustado, y a las mujeres las galgas, o sean las cintas con que sujetaban el zapato, y llevaban entonces entrelazadas hasta la pantorrilla, echando todos estos objetos en el serón en medio de las carcajadas y los insultos más groseros contra los pobres pacientes.

Siento haber de decirlo; pero de todos los espectáculos de extravío popular más o menos espontáneo que he presenciado en mi larga vida, el más grosero, repugnante y antipático fue sin duda alguna el que en aquel funesto día me tocó contemplar en la plazuela de Herradores a mi salida del aula de latinidad, cuando se dirigían las turbas al monasterio de San Martín. Terminada al caer del día aquella brutal algarada, los apalabrados tornaron satisfechos a sus tabernas a liquidar el precio de su hazaña, o tal vez a recibir el jornal para repetirla al siguiente día.

Ramón de Mesonero Romanos, Memorias de un sesentón.

El hombre del retrato es, como has visto, el rey español Fernando VII.

El propio Mesonero vinculaba esta situación con el destino sangriento de España a lo largo del siglo XIX (que se prolongó hasta la guerra civil de 1936-39):

“[El 4 de Mayo] el ingrato Fernando firmaba en Valencia el funesto decreto por el que abolía la Constitución, las Cortes y todos sus actos, pretendiendo hacer retroceder la historia hasta 1808 y borrar de la serie de los tiempos los seis gloriosos años de la guerra de la Independencia española.

Ingratitud y torpeza política que no tienen semejante en la historia moderna, y que fueron, a no dudarlo, las generadoras de tantos levantamientos insensatos, de tantas reacciones horribles como ensangrentaron las páginas de aquel reinado; y lo que es más sensible aún, que infiltrando en la sangre de una y otra generación sucesivas un espíritu levantisco de discordia, de intolerancia y encono, nos ha ofrecido desde entonces por resultado tres guerras civiles, media docena de Constituciones y un sinnúmero de pronunciamientos y de trastornos, que nos hacen aparecer ante los ojos de Europa como un pueblo ingobernable, como una raza turbulenta, condenada a perpetua lucha e insensata y febril agitación”.

Fuente: Biblioteca virtual Miguel de Cervantes.

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