Antología de lecturas románticas

  1. POESÍA

Bécquer (Sevilla 1836-Madrid 1870)

Espronceda (Almendralejo 1808-Madrid 1842)

¿A quién va dirigido este poema?

Trae, Jarifa, trae tu mano,
ven y pósala en mi frente,
que en un mar de lava hirviente
mi cabeza siento arder.
Ven y junta con mis labios
esos labios que me irritan,
donde aún los besos palpitan
de tus amantes de ayer.

¿Qué la virtud, la pureza?
¿Qué la verdad y el cariño?
Mentida ilusión de niño
que halagó mi juventud.
Dadme vino: en él se ahoguen
mis recuerdos; aturdida
sin sentir huya la vida;
paz me traiga el ataúd.

El sudor mi rostro quema,
y en ardiente sangre rojos
brillan inciertos mis ojos,
se me salta el corazón.
Huye, mujer, te detesto,
siento tu mano en la mía,
y tu mano siento fría,
y tus besos hielo son.

¡Siempre igual! Necias mujeres,
inventad otras caricias,
otro mundo de delicias,
o maldito sea el placer.
Vuestros besos son mentira,
mentira vuestra ternura,
es fealdad vuestra hermosura,
vuestro gozo es padecer.

Yo quiero amor, quiero gloria,
quiero un deleite divino,
como en mi mente imagino,
como en el mundo no hay.
Y es la luz de aquel lucero
que engañó mi fantasía,
fuego fatuo, falso guía
que errante y ciego me tray.

¿Por qué murió para el placer mi alma,
y vive aún para el dolor impío?
¿Por qué, si yazgo en indolente calma,
siento en lugar de paz, árido hastío?

¿Por qué este inquieto abrasador deseo?
¿Por qué este sentimiento extraño y vago,
que yo mismo conozco un devaneo,
y busco aún su seductor halago?

¿Por qué aún finge amores y placeres
que cierto estoy de que serán mentira?
¿Por qué en pos de fantásticas mujeres
necio tal vez mi corazón delira,

si luego, en vez de prados y de flores,
halla desiertos áridos y abrojos,
y en sus sandios o lúbricos amores
fastidio sólo encontrará y enojos?

Yo me arrojé, cual rápido cometa,
en alas de mi ardiente fantasía:
doquier mi arrebatada mente inquieta
dichas y triunfos encontrar creía.

Yo me lancé con atrevido vuelo
fuera del mundo en la región etérea,
y hallé la duda, y el ardiente cielo
vi convertirse en ilusión aérea.

Luego en la tierra la virtud, la gloria,
busqué con ansia y delirante amor,
y hediondo polvo y deleznable escoria
mi fatigado espíritu encontró.

Mujeres vi de virginal limpieza
entre albas nubes de celeste lumbre;
yo las toqué, y en humo su pureza
trocarse vi, y en lodo y podredumbre.

Y encontré mi ilusión desvanecida
y eterno e insaciable mi deseo;
palpé la realidad y odié la vida;
sólo en la paz de los sepulcros creo.

Y busco aún y busco codicioso,
y aun deleites el alma finge y quiere:
pregunto y un acento pavoroso
“¡Ay!”, me responde, “desespera y muere.

“Muere, infeliz: la vida es un tormento,
un engaño el placer; no hay en la tierra
paz para ti, ni dicha, ni contento,
sino eterna ambición y eterna guerra.

“Que así castiga Dios el alma osada
que aspira loca, en su delirio insano,
de la verdad para el mortal velada
a descubrir el insondable arcano.”

¡Oh!, cesa; no, yo no quiero
ver más, ni saber ya nada:
harta mi alma y postrada,
sólo anhela el descansar.
En mí muera el sentimiento,
pues ya murió mi ventura,
ni el placer ni la tristura
vuelvan mi pecho a turbar.

Pasad, pasad en óptica ilusoria
y otras jóvenes almas engañad:
nacaradas imágenes de gloria,
coronas de oro y de laurel, pasad.

Pasad, pasad, mujeres voluptuosas,
con danza y algazara en confusión;
pasad como visiones vaporosas
sin conmover ni herir mi corazón.

Y aturdan mi revuelta fantasía
los brindis y el estruendo del festín,
y huya la noche y me sorprenda el día
en un letargo estúpido y sin fin.

Ven, Jarifa; tú has sufrido
como yo; tú nunca lloras;
mas, ¡ay triste!, que no ignoras
cuán amarga es mi aflicción.
Una misma es nuestra pena,
en vano el llanto contienes…,
tú también, como yo, tienes
desgarrado el corazón.

José de Espronceda
(Poesías, 1840)

Además de la muy conocida “Canción del pirata” (comentada aquí, rapeada por Frank T y Zenit aquí), uno de los textos más elogiados de Espronceda es este fragmento de El Diablo Mundo: CANTO A TERESA”.


Rosalía de Castro (Santiago de Compostela 1837-Padrón 1885)

“Negra sombra” de Rosalía de Castro.

Cando penso que te fuches,
negra sombra que me asombras,
ó pé dos meus cabezales
tornas facéndome mofa.

Cando maxino que es ida,
no mesmo sol te me amostras,
i eres a estrela que brila,
i eres o vento que zoa.

Si cantan, es ti que cantas,
si choran, es ti que choras,
i es o marmurio do río
i es a noite i es a aurora.

En todo estás e ti es todo,
pra min i en min mesma moras,
nin me abandonarás nunca,
sombra que sempre me asombras.

Rosalía de Castro
(Follas novas, 1880)


2. TEATRO

José Zorrilla (Valladolid 1817-Madrid 1893)

Distingue las partes de un texto teatral.

Don Juan Tenorio (1)

Drama religioso-fantástico en dos partes

José Zorrilla (2)

(3)
DON JUAN TENORIO.
DON LUIS MEJÍA.
DON GONZALO DE ULLOA,   comendador de Calatrava.
DON DIEGO TENORIO.
DOÑA INÉS DE ULLOA.
DOÑA ANA DE PANTOJA.
CRISTÓFANO BUTTARELLI.
MARCOS CIUTTI.
BRÍGIDA.
PASCUAL.
EL CAPITÁN CENTELLAS.
DON RAFAEL DE AVELLANEDA.
LUCÍA.
LA ABADESA DE LAS CALATRAVAS DE SEVILLA.
LA TORNERA DE ÍDEM.
GASTÓN.
MIGUEL.
UN ESCULTOR.
ALGUACIL 1.º
ALGUACIL 2.º
UN PAJE   (que no habla).
LA ESTATUA DE DON GONZALO   (él mismo).
LA SOMBRA DE DOÑA INÉS   (ella misma).


Caballeros, sevillanos, encubiertos, curiosos, esqueletos, estatuas, ángeles, sombras, justicia y pueblo.  La acción en Sevilla, por los años de 1545, últimos del emperador Carlos V. Los cuatro primeros actos pasan en una sola noche. Los tres restantes, cinco años después y en otra noche. (4)

Parte I (5)

Acto I

Libertinaje y escándalo

DON JUAN, DON LUIS, DON DIEGO, DON GONZALO, BUTTARELLI, CIUTTI, CENTELLAS, AVELLANEDA, GASTÓN, MIGUEL. Caballeros, curiosos, enmascarados, rondas. Hostería de Cristófano BUTTARELLI. Puerta en el fondo que da a la calle; mesas, jarros y demás utensilios propios de semejante lugar.

Escena I

DON JUAN, con antifaz, sentado a una mesa escribiendo, CIUTTI y BUTTARELLI, a un lado esperando. Al levantarse el telón, se ven pasar por la puerta del fondo máscaras, estudiantes y pueblo con hachones, músicas, etc.

DON JUAN

¡Cuál gritan esos malditos! (6)
¡Pero mal rayo me parta
si en concluyendo la carta
no pagan caros sus gritos!
(Sigue escribiendo.)



ESCENA XII

[Don Luis, Don Juan, Centellas]

DON JUAN
La apuesta fue…

DON LUIS
Porque un día
dije que en España entera
no habría nadie que hiciera
lo que hiciera Luis Mejía.

DON JUAN
Y siendo contradictorio
al vuestro mi parecer,
yo os dije: «Nadie ha de hacer
lo que hará don Juan Tenorio».
¿No es así?

DON LUIS
Sin duda alguna;
y vinimos a apostar
quién de ambos sabría obrar
peor, con mejor fortuna,
en el término de un año;
juntándonos aquí hoy
a probarlo.

DON JUAN
Y aquí estoy.

DON LUIS
Y yo.

CENTELLAS
¡Empeño bien extraño,
por vida mía!

DON JUAN
Hablad, pues.

DON LUIS
No, vos debéis empezar.

DON JUAN
Como gustéis, igual es,
que nunca me hago esperar.
Pues señor, yo desde aquí,
buscando mayor espacio
para mis hazañas, di
sobre Italia, porque allí
tiene el placer un palacio. […]
Di, pues, sobre Italia luego,
buscando a sangre y a fuego
amores y desafíos.
En Roma, a mi apuesta fiel,
fijé entre hostil y amatorio
en mi puerta este cartel:
«Aquí está don Juan Tenorio
para quien quiera algo de él».

[…]Nápoles, rico vergel
de amor, de placer emporio,
vio en mi segundo cartel:
«Aquí está don Juan Tenorio,
y no hay hombre para él.
Desde la princesa altiva
a la que pesca en ruin barca,
no hay hembra a quien no suscriba,
y cualquiera empresa abarca
si en oro o valor estriba.
Búsquenle los reñidores;
cérquenle los jugadores;
quien se precie, que le ataje;
a ver si hay quien le aventaje
en juego, en lid o en amores».

Esto escribí; y en medio año
que mi presencia gozó
Nápoles, no hay lance extraño,
no hubo escándalo ni engaño
en que no me hallara yo.

Por dondequiera que fui,
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé,
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.
Ni reconocí sagrado,
ni hubo razón ni lugar
por mi audacia respetado;
ni en distinguir me he parado
al clérigo del seglar.
A quien quise provoqué,
con quien quiso me batí,
y nunca consideré
que pudo matarme a mí
aquel a quien yo maté.
A esto don Juan se arrojó,
y escrito en este papel
está cuanto consiguió,
y lo que él aquí escribió,
mantenido está por él.

DON LUIS
Leed, pues.

DON JUAN
No; oigamos antes
vuestros bizarros extremos,
y si traéis terminantes
vuestras notas comprobantes,
lo escrito cotejaremos.

DON LUIS
Decís bien; cosa es que está,
Don Juan, muy puesta en razón;
aunque, a mi ver, poco irá
de una a otra relación.

DON JUAN
Empezad, pues.

DON LUIS
Allá va.

[…Después de varios crímenes]
Compré a fuerza de dinero
la libertad y el papel;
y topando en un sendero
al fraile, le envié certero
una bala envuelta en él.
[…] en medio año
que mi presencia gozó
París, no hubo lance extraño,
ni hubo escándalo ni daño
donde no me hallara yo.
Y cual vos, por donde fui
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé,
y a las mujeres vendí.
Mi hacienda llevo perdida
tres veces; mas se me antoja
reponerla, y me convida
mi boda comprometida
con doña Ana de Pantoja.
Mujer muy rica me dan,
y mañana hay que cumplir
los tratos que hechos están;
lo que os advierto, don Juan,
por si queréis asistir.
A esto don Luis se arrojó,
y escrito en este papel
está lo que consiguió;
y lo que él aquí escribió
mantenido está por él.

DON JUAN
La historia es tan semejante
que está en el fiel la balanza;
mas vamos a lo importante,
que es el guarismo a que alcanza
el papel; conque adelante.

DON LUIS
Razón tenéis en verdad.
Aquí está el mío; mirad,
por una línea apartados
traigo los nombres sentados
para mayor claridad.

DON JUAN
Del mismo modo arregladas
mis cuentas traigo en el mío;
en dos líneas separadas
los muertos en desafío
y las mujeres burladas.
Contad.

DON LUIS
Contad.

DON JUAN
Veintitrés.

DON LUIS
Son los muertos. A ver vos.
¡Por la cruz de San Andrés!
Aquí sumo treinta y dos.

DON JUAN
Son los muertos.

DON LUIS
Matar es.

DON JUAN
Nueve os llevo.

DON LUIS
Me vencéis.

Pasemos a las conquistas.

DON JUAN
Sumo aquí cincuenta y seis.

DON LUIS
Y yo sumo en vuestras listas
setenta y dos.

DON JUAN
Pues perdéis.

DON LUIS
¡Es increíble, don Juan!

DON JUAN
Si lo dudáis, apuntados
los testigos ahí están,
que si fueren preguntados
os lo testificarán.

DON LUIS
¡Oh! Y vuestra lista es cabal!

DON ÁLVARO O LA FUERZA DEL SINO

ÁNGEL DE SAAVEDRA, DUQUE DE RIVAS (Córdoba 1791- Madrid 1865)

Ángel de Saavedra, Duque de Rivas, estrenó en 1835 su Don Álvaro, drama romántico que rompía con las normas escénicas vigentes. Esta obra reúne los rasgos típicos del teatro romántico:

Héroe misterioso, dominado por un destino trágico.
Acción: pasiones amorosas que chocan con obstáculos.
Espacios: lúgubres.
Lenguaje: gradilocuente (abundan exclamaciones, interrogaciones, adjetivos…).

  • Don Álvaro, el protagonista, es un rico indiano de origen misterioso, que mata, sin querer, al padre de su amada, doña Leonor, cuando intentaba fugarse con ella.
  • Don Álvaro huye a Italia y hasta allí le persigue don Carlos, hermano de doña Leonor, al que también mata en un duelo.
  • El protagonista, arrepentido, regresa a España e ingresa en un convento; casualmente, está cerca de la gruta donde vive Leonor, convertida en penitente. Otro hermano de Leonor, don Alfonso, descubre a don Álvaro. Ambos se baten en duelo y don Alfonso es herido de muerte.
  • Don Álvaro pide ayuda al penitente y descubre que es Leonor. Este es el final de la obra.

ESCENA X

(Doña Leonor, Don Álvaro, Don Alfonso, Voz dentro, Padre Guardián, Frailes)

Los mismos y DOÑA LEONOR, vestida con un saco y esparcidos los cabellos, pálida y desfigurada, aparece a la puerta de la gruta, y se oye repicar a lo lejos las campanas del convento.

DOÑA LEONOR: Huid, temerario; temed la ira del Cielo.

DON ÁLVARO: (Retrocediendo horrorizado por la montaña abajo.) ¡Una mujer!… ¡Cielos! ¡Qué acento!… ¡Es un espectro!… Imagen adorada. ¡Leonor, Leonor!

DON ALFONSO: (Como queriéndose incorporar.) ¡Leonor!… ¿Qué escucho? ¡Mi hermana!

DOÑA LEONOR: (Corriendo detrás de DON ÁLVARO.) ¡Dios mío! ¿Es don Álvaro?.. Conozco su voz… Él es… ¡Don Álvaro!

DON ALFONSO: ¡Oh furia! Ella es… ¡Estaba aquí con su seductor!… ¡Hipócritas!… ¡Leonor!

DOÑA LEONOR: ¡Cielos, otra voz conocida!… Mas ¿qué veo?… (Se precipita hacia donde ve a DON ALFONSO.)

DON ALFONSO: ¡Ves al último de tu infeliz familia!

DOÑA LEONOR: (Precipitándose en los brazos de su hermano.) ¡Hermano mío! … ¡Alfonso!

DON ALFONSO: (Hace un esfuerzo, saca un puñal y hiere de muerte a DOÑA LEONOR.) Toma, causa de tantos desastres, recibe el premio de tu deshonra… Muero vengando. (Muere.)

DON ÁLVARO: ¡Desdichado!… ¿Qué hiciste?… ¡Leonor! ¿Eras tú?… ¿Tan cerca de mí estabas?… ¡Ay! (Se inclina hacia el cadáver de ella.) Aún respira… aún palpita aquel corazón todo mío… Ángel de mi vida… Vive, Vive… Yo te adoro… ¡Te hallé por fin… sí, te hallé… muerta! (Queda inmóvil.)

ESCENA ÚLTIMA

Hay un rato de silencio, los truenos resuenan más llenos que nunca, crecen los relámpagos y se oye cantar a lo lejos el miserere a la comunidad, que se acerca lentamente.

VOZ DENTRO: Aquí, aquí. ¡Qué horror!

(DON ÁLVARO vuelve en sí, luego huye hacia la montaña. Sale el PADRE GUARDIÁN con la comunidad, que queda asombrada.)

GUARDIÁN: ¡Dios mío!… ¡Sangre derramada! ¡Cadáveres!… ¡La mujer penitente!

TODOS LOS FRAILES: ¡Una mujer! … ¡Cielos!

GUARDIÁN: ¡Padre Rafael

D. ÁLVARO: (Desde un risco, con sonrisa diabólica, todo convulso) Busca, imbécil, al padre Rafael. Yo soy un enviado del infierno, soy el demonio exterminador … Huid, miserables.

TODOS: ¡Jesús, Jesús!

D. ÁLVARO: Infierno, abre tu boca y trágame. Húndase el cielo, perezca la raza humana; exterminio, destrucción … (Sube a lo más alto del monte y se precipita.)

GUARDIÁN Y LOS FRAILES: (Aterrados y en actitudes diversas.) ¡Misericordia, Señor! ¡Misericordia!


3. PROSA

UN TESTIMONIO DEL SIGLO XIX

Prólogo a Don Juan Tenorio (1844)

Nicomedes Pastor Díaz

Tumba de Larra por Polidori

Era una tarde de febrero. Un carro fúnebre caminaba por las calles de Madrid. Seguíanle, en silenciosa procesión, centenares de jóvenes con semblante melancólico, con ojos aterrados. Sobre aquel carro iba un ataúd, en el ataúd los restos de LARRA, sobre el ataúd una corona.

Era la primera que en nuestros días se consagraba al talento; la primera vez acaso que se declaraba que el genio es en la sociedad una aristocracia, un poder. La envidia y el odio habían callado: los hombres de la moralidad dejaban para después la moral tarea de roer los huesos de un desgraciado, y nadie disputaba a nuestro amigo los honores de su fúnebre triunfo.

Todos tristes, todos abismados en el dolor, conducíamos a nuestro poeta a su capitolio, al cementerio de la puerta de Fuencarral, donde las manos de la amistad le habían preparado un nicho. Un numeroso concurso llenaba aquel patio pavimentado de huesos, incrustado de lápidas, entapizado de epitafios, y la descolorida luz del crepúsculo de la tarde daba palidez y aire de sombras a todos nuestros semblantes.

Cumplido ya nuestro triste deber, un encanto inexplicable nos detenía en derredor de aquel túmulo; y no podíamos separarnos de los preciosos restos que para siempre encerraba, sin dirigirles aquellas solemnes palabras que tal vez oyen los muertos antes de adormecerse profundamente en su eterno letargo.

Entonces el Sr. ROCA DE TOGORES, levantando penosamente de su alma el peso de dolor que la oprimía, y como revistiéndose de la sombra del ilustre difunto, alzó su voz: LARRA se despidió de nosotros por su boca, y nos refirió por la vez postrera la historia interesante de sus borrascosos, brillantes y malogrados días.

En aquel momento nuestros corazones vibraban de un modo que no se puede hacer comprender a los que no le sientan, que los mismos que le hayan sentido le habrán ya olvidado, porque de los vuelos del alma, de los arrebatos del entusiasmo, ni se forma idea, ni queda memoria; que en ellos el espíritu está en otra región, vive en otro mundo; los objetos hacen impresiones diversas de las que producen en el estado normal de la vida, el alma ve claros los misterios, o cree, porque lo siente, lo que tal vez no puede comprender. Se ve entonces a sí misma, se desprende y se remonta del suelo; conoce, ve, palpa que ella no es el barro de la tierra, que otro mundo la pertenece; y se eleva a él, y desde su altura, como el águila, que ve el suelo y mira al sol, sondea la inmensidad del tiempo y del espacio, y se encuentra en la presencia de la divinidad, que en medio del espacio y de la eternidad preside.

Entonces no se puede usar del lenguaje del mundo, y el alma siente la necesidad de otra forma para comunicar lo que pasa en su seno. Tal era entonces nuestra situación. No era amistad lo que sentíamos; no era la contemplación profunda de aquella muerte desastrosa, de aquella vida cortada en flor, la vista de aquel cementerio, la inauguración de aquella tumba, la serenidad del cielo que nos cubría, la voz elocuente del amigo que hablaba; no era nada de esto, o más que todo esto, o todo esto reunido, para elevarnos a aquel estado de inexplicable magnetismo, en que, en una situación vivamente sentida por muchos, parece que se ayudan todos a sostenerse en las nubes.

¡Ah! Pero nuestro entusiasmo era de dolor, y llorábamos (sábenlo el cielo y aquellas tumbas); y al querer dirigir la voz a la sombra de nuestro amigo, pedíamos al cielo el lenguaje de la triste inspiración que nos dominaba, y buscábamos en derredor de nosotros un intérprete de nuestra aflicción, un acento que reprodujera toda nuestra tristeza, una voz donde en común concierto sonasen acordes las notas de todos nuestros suspiros.

Entonces, de en medio de nosotros, y como si saliera de bajo aquel sepulcro, vimos brotar y aparecer un joven, casi un niño, para todos desconocido.


¿Quién será el niño que alzó su voz en el entierro de Larra?


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Alzó su pálido semblante, clavó en aquella tumba y en el cielo una mirada sublime, y, dejando oír una voz que por primera vez sonaba en nuestros oídos, leyó en cortados y José Zorrillatrémulos acentos los versos que van insertos al principio de la colección de sus poesías, y que el Sr. ROCA tuvo que arrancar de su mano, porque, desfallecido a la fuerza de su emoción, el mismo autor no pudo concluirlos.

Nuestro asombro fue igual a nuestro entusiasmo; y así que supimos el nombre del dichoso mortal que tan nuevas y celestiales armonías nos había hecho escuchar, saludamos al nuevo bardo con la admiración religiosa de que aún estábamos poseídos; bendijimos a la Providencia, que tan ostensiblemente hacía aparecer un genio sobre la tumba de otro; y los mismos que en fúnebre pompa habíamos conducido al ilustre LARRA a la mansión de los muertos, salimos de aquel recinto llevando en triunfo a otro poeta al mundo de los vivos, y proclamando con entusiasmo el nombre de ZORRILLA.


LARRA (Madrid 1809-1837)

Observatorio pintoresco nº 13Pocos meses después del suicidio de Larra, el Observatorio pintoresco (30/7/1837) publicó esta ilustración.

PRENSA

¿Cómo eran visualmente los periódicos en 1836?
Muestra de artículo de Larra en el periódico El Español (19 de noviembre de 1836).

UN TESTIMONIO RECIENTE DEL SIGLO XXI

Un día como ayer, 172 años atrás, la mañana sonreía a un joven escritor madrileño. Acababa de recibir una oferta de 40.000 reales por escribir durante un año sus artículos -los más leídos y cotizados de Madrid- en una prestigiosa revista.

Apenas contaba 28 años, y su pluma le había encumbrado a la fama. Su nombre, Mariano José de Larra, se escuchaba por doquier desde el paseo del Prado hasta la antesala del trono de Fernando VII, en el Palacio Real.

Mariano José había nacido un 24 de marzo de 1809 en unas viviendas para empleados de la Casa de la Moneda, en Pretil de los Consejos, junto a la calle de Segovia, donde residía su abuelo, administrador de esta institución.

Larra era hijo de un médico que huyó de España en el cortejo de José Bonaparte en 1814. Por ello vivió siete meses de su infancia en Burdeos y cuatro años en un internado de París, durante el exilio paterno.

En 1818 regresó a Madrid y cursó estudios en los Escolapios de San Antón de la calle de la Farmacia y en el Colegio Imperial de la calle de Toledo. Empieza Derecho en Valladolid, pero se harta y decide vivir de sus escritos, que firmaría bajo seudónimos como Fígaro, El Duende, El Pobrecito Hablador y Andrés Niporesas.

En Madrid residiría consecutivamente en Santa Isabel, 2; en la calle de la Visitación, en Prado, 2 y en Caballero de Gracia, 21. Casado “pronto y mal”, según confesaría, con Josefa Wertoret, y separado, Mariano José había tenido con ella dos hijas, Baldomera y Adela, y un hijo, Luis Mariano.

Aquella mañana de febrero de 1837 vivía en la calle de Santa Clara, 3, el mismo edificio donde habitaba el entonces ministro de Justicia. Tras atildarse y rizarse el pelo, vestirse con su mejor levita y tocarse de su mejor chistera, Mariano José bajó a la calle a dar primero un paseíto y a visitar luego a su amigo Ramón de Mesonero Romanos.

Un descendiente del regidor madrileño conserva hoy el pequeño sofá donde aquella mañana se sentó Fígaro a departir con su amigo. Larra parecía alegre, pero una mácula de inquietud se dibujaba en su mirada.

Al poco acudiría a una cita con su amante, Dolores Armijo, con la que mantenía un tórrido y tormentoso idilio. Ella era la esposa de Cambronero. “Dolores acudió a la cita con la hermana de su marido”, explica Jesús Miranda de Larra, descendiente del egregio periodista. “Le anunció que había recompuesto su relación con su esposo, le pidió sus cartas de amor y se despidió de él”, añade Miranda.

Larra, cuyos escritos anunciaban ya un hondo desencanto vital, subió a su casa de Santa Clara, 3, sacó de la cajonera de su aparador un cachorrillo, pequeña pistola de un solo proyectil, y, frente a un espejo, colocó el cañón sobre su pecho, apretó el gatillo, disparó y se dio muerte.

Su suicidio cayó como una bomba en Madrid. Su vecindad con el ministro José Landero le procuró en la iglesia de Santiago funeral en sagrado, vetado a los suicidas.

Sus restos siguieron un tortuoso peregrinaje: primero fueron enterrados en el cementerio General del Norte, entonces en lo que hoy sería la calle de Escosura, en Arapiles; en 1902 fueron trasladados al cementerio de San Nicolás, hoy desaparecido, cerca de Méndez Álvaro, donde acudirían a homenajearle Azorín, Pío y Ricardo Baroja y otros representantes de la generación literaria de 1898, que se consideraban herederos del “maestro de la juventud presente”.

Por último, Larra fue enterrado en la sacramental de San Justo, donde comparte sepultura con Ramón Gómez de la Serna y Gerardo Manrique de Lara, inhumados luego.

La pluma de Larra había sido el flagelo más eficaz de las mezquindades de la política y las costumbres del Madrid del arranque del siglo XIX. Ada del Moral, poetisa, lo define como “un patriota no complaciente”. Martillo del carlismo y de toda forma de absolutismo, su capacidad analítica y su prosa sustantiva, prístina, se erigieron en artefacto crítico perfecto para desmenuzar el atraso secular de España desde el formato del artículo de prensa.

“Heredero de Quevedo y Cadalso, fue el mejor juez de su tiempo, que filtraba un enorme deseo de modernizar España desde la plazuela intelectual que eran entonces los periódicos”, explica el catedrático de Literatura José Montero Padilla.

José Luis Abellán, catedrático de Historia del Pensamiento en la Universidad Complutense y presidente del Ateneo de Madrid -del que Larra fue primer socio de cuota-, señala: “Como su amigo Espronceda, fue un liberal progresista comprometido con la causa de la libertad”. A su juicio, “su vida expresó el desgarro entre un corazón apasionado, romántico, y el pensar cartesiano de un joven educado en el racionalismo francés”.

Abellán, con una treintena de personas más, evocaron ayer, ante su sepultura, la “actualidad plena” de la obra Larra dos siglos después de su nacimiento. El acto había sido convocado por las familias de Fernando Ontiveros, tataranieto del escritor, y Jesús Miranda de Larra, chozno (hijo de tataranieto), así como por el Ateneo y la Asociación de la Prensa de Madrid (APM), que estrenó su coro en homenaje al inmortal periodista.

El presidente de la APM, Fernando González Urbaneja, definió a Fígaro como “un santo civil”. El poeta Alejandro Sanz leyó ante la tumba el mismo poema que el día de su entierro leyera José Zorrilla.

Jesús Miranda cederá al Ateneo la camisa que Fígaro llevaba el día de su muerte. El Ateneo celebrará el 24 de marzo, fecha de su nacimiento hace 200 años, una solemne velada evocadora de Larra, a la que asistirán los Príncipes de Asturias.

Fernando Ontiveros reveló a este diario una confidencia: “Mi tatarabuelo fue un gran taquígrafo y yo mismo aprendí taquigrafía por tradición familiar”.

(Rafael Fraguas, “Última noticia de Larra en Madrid”, El País, 14 de febrero de 2009.
La división de párrafos no es la original).



El 2 de noviembre de 1836 Mariano José de Larra publicó su artículo “El Día de Difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio”. En estos días quizá sea un buen ejercicio de pensamiento crítico poner al lado de la moda actual de celebración de Halloween la ácida visión de Larra en la España de los Borbones de 1836.

Portada de la web que la Biblioteca Virtual Cervantes dedica a Larra


El Día de Difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio

Beati qui moriuntur in domino

En atención a que no tengo gran memoria, circunstancia que no deja de contribuir a esta especie de felicidad que dentro de mí mismo me he formado, no tengo muy presente en qué artículo escribí (en los tiempos en que yo escribía) que vivía en un perpetuo asombro de cuantas cosas a mi vista se presentaban. Pudiera suceder también que no hubiera escrito tal cosa en ninguna parte, cuestión en verdad que dejaremos a un lado por harto poco importante en época en que nadie parece acordarse de lo que ha dicho ni de lo que otros han hecho. Pero suponiendo que así fuese, hoy, día de difuntos de 1836, declaro que si tal dije, es como si nada hubiera dicho, porque en la actualidad maldito si me asombro de cosa alguna. He visto tanto, tanto, tanto… como dice alguien en El Califa. Lo que sí me sucede es no comprender claramente todo lo que veo, y así es que al amanecer un día de difuntos no me asombra precisamente que haya tantas gentes que vivan; sucédeme, sí, que no lo comprendo.

En esta duda estaba deliciosamente entretenido el día de los Santos, y fundado en el antiguo refrán que dice: Fíate en la Virgen y no corras (refrán cuyo origen no se concibe en un país tan eminentemente cristiano como el nuestro), encomendábame a todos ellos con tanta esperanza, que no tardó en cubrir mi frente una nube de melancolía; pero de aquellas melancolías de que sólo un liberal español en estas circunstancias puede formar una idea aproximada. Quiero dar una idea de esta melancolía; un hombre que cree en la amistad y llega a verla por dentro, un inexperto que se ha enamorado de una mujer, un heredero cuyo tío indiano muere de repente sin testar, un tenedor de bonos de Cortes, una viuda que tiene asignada pensión sobre el tesoro español, un diputado elegido en las penúltimas elecciones, un militar que ha perdido una pierna por el Estatuto, y se ha quedado sin pierna y sin Estatuto, un grande que fue liberal por ser prócer, y que se ha quedado sólo liberal, un general constitucional que persigue a Gómez, imagen fiel del hombre corriendo siempre tras la felicidad sin encontrarla en ninguna parte, un redactor del Mundo en la cárcel en virtud de la libertad de imprenta, un ministro de España y un rey, en fin, constitucional, son todos seres alegres y bulliciosos, comparada su melancolía con aquella que a mí me acosaba, me oprimía y me abrumaba en el momento de que voy hablando.

Volvíame y me revolvía en un sillón de estos que parecen camas, sepulcro de todas mis meditaciones, y ora me daba palmadas en la frente, como si fuese mi mal de casado, ora sepultaba las manos en mis faltriqueras, a guisa de buscar mi dinero, como si mis faltriqueras fueran el pueblo español y mis dedos otros tantos gobiernos, ora alzaba la vista al cielo como si en calidad de liberal no me quedase más esperanza que en él, ora la bajaba avergonzado como quien ve un faccioso más, cuando un sonido lúgubre y monótono, semejante al ruido de los partes, vino a sacudir mi entorpecida existencia.

–¡Día de Difuntos! –exclamé.

Y el bronce herido que anunciaba con lamentable clamor la ausencia eterna de los que han sido, parecía vibrar más lúgubre que ningún año, como si presagiase su propia muerte. Ellas también, las campanas, han alcanzado su última hora, y sus tristes acentos son el estertor del moribundo; ellas también van a morir a manos de la libertad, que todo lo vivifica, y ellas serán las únicas en España ¡santo Dios!, que morirán colgadas. ¡Y hay justicia divina!

La melancolía llegó entonces a su término; por una reacción natural cuando se ha agotado una situación, ocurriome de pronto que la melancolía es la cosa más alegre del mundo para los que la ven, y la idea de servir yo entero de diversión…

–¡Fuera –exclamé–, fuera! –como si estuviera viendo representar a un actor español–: ¡fuera! –como si oyese hablar a un orador en las Cortes. Y arrojeme a la calle; pero en realidad con la misma calma y despacio como si tratase de cortar la retirada a Gómez.

Dirigíanse las gentes por las calles en gran número y larga procesión, serpenteando de unas en otras como largas culebras de infinitos colores: ¡al cementerio, al cementerio! ¡Y para eso salían de las puertas de Madrid!

Vamos claros, dije yo para mí, ¿dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro? Un vértigo espantoso se apoderó de mí, y comencé a ver claro. El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio. Pero vasto cementerio donde cada casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cineraria de una esperanza o de un deseo.

Entonces, y en tanto que los que creen vivir acudían a la mansión que presumen de los muertos, yo comencé a pasear con toda la devoción y recogimiento de que soy capaz las calles del grande osario.

–¡Necios! –decía a los transeúntes–. ¿Os movéis para ver muertos? ¿No tenéis espejos por ventura? ¿Ha acabado también Gómez con el azogue de Madrid? ¡Miraos, insensatos, a vosotros mismos, y en vuestra frente veréis vuestro propio epitafio! ¿Vais a ver a vuestros padres y a vuestros abuelos, cuando vosotros sois los muertos? Ellos viven, porque ellos tienen paz; ellos tienen libertad, la única posible sobre la tierra, la que da la muerte; ellos no pagan contribuciones que no tienen; ellos no serán alistados ni movilizados; ellos no son presos ni denunciados; ellos, en fin, no gimen bajo la jurisdicción del celador del cuartel; ellos son los únicos que gozan de la libertad de imprenta, porque ellos hablan al mundo. Hablan en voz bien alta y que ningún jurado se atrevería a encausar y a condenar. Ellos, en fin, no reconocen más que una ley, la imperiosa ley de la Naturaleza que allí les puso, y ésa la obedecen.

–¿Qué monumento es éste? –exclamé al comenzar mi paseo por el vasto cementerio–. ¿Es él mismo un esqueleto inmenso de los siglos pasados o la tumba de otros esqueletos? «¡Palacio!» Por un lado mira a Madrid, es decir, a las demás tumbas; por otro mira a Extremadura, esa provincia virgen… como se ha llamado hasta ahora. Al llegar aquí me acordé del verso de Quevedo: «Y ni los v… ni los diablos veo». En el frontispicio decía: «Aquí yace el trono; nació en el reinado de Isabel la Católica, murió en La Granja de un aire colado». En el basamento se veían cetro y corona y demás ornamentos de la dignidad real. «La Legitimidad», figura colosal de mármol negro, lloraba encima. Los muchachos se habían divertido en tirarle piedras, y la figura maltratada llevaba sobre sí las muestras de la ingratitud.

¿Y este mausoleo a la izquierda? «La armería.» Leamos:

«Aquí yace el valor castellano, con todos sus pertrechos».

Los Ministerios: «Aquí yace media España; murió de la otra media».

Doña María de Aragón: «Aquí yacen los tres años».

Y podía haberse añadido: aquí callan los tres años. Pero el cuerpo no estaba en el sarcófago; una nota al pie decía:

«El cuerpo del santo se trasladó a Cádiz en el año 23, y allí por descuido cayó al mar».

Y otra añadía, más moderna sin duda: «Y resucitó al tercero día».

Más allá: ¡Santo Dios!, «Aquí yace la Inquisición, hija de la fe y del fanatismo: murió de vejez». Con todo, anduve buscando alguna nota de resurrección: o todavía no la habían puesto, o no se debía de poner nunca.

Alguno de los que se entretienen en poner letreros en las paredes había escrito, sin embargo, con yeso en una esquina, que no parecía sino que se estaba saliendo, aun antes de borrarse: «Gobernación». ¡Qué insolentes son los que ponen letreros en las paredes! Ni los sepulcros respetan.

¿Qué es esto? ¡La cárcel! «Aquí reposa la libertad del pensamiento.» ¡Dios mío, en España, en el país ya educado para instituciones libres! Con todo, me acordé de aquel célebre epitafio y añadí involuntariamente:

Aquí el pensamiento reposa,
en su vida hizo otra cosa.

Dos redactores del Mundo eran las figuras lacrimatorias de esta grande urna. Se veían en el relieve una cadena, una mordaza y una pluma. Esta pluma, dije para mí, ¿es la de los escritores o la de los escribanos? En la cárcel todo puede ser.

«La calle de Postas», «la calle de la Montera». Éstos no son sepulcros. Son osarios, donde, mezclados y revueltos, duermen el comercio, la industria, la buena fe, el negocio.

Sombras venerables, ¡hasta el valle de Josafat!

Correos. «¡Aquí yace la subordinación militar!»

Una figura de yeso, sobre el vasto sepulcro, ponía el dedo en la boca; en la otra mano una especie de jeroglífico hablaba por ella: una disciplina rota.

Puerta del Sol. La Puerta del Sol: ésta no es sepulcro sino de mentiras.

La Bolsa. «Aquí yace el crédito español». Semejante a las pirámides de Egipto, me pregunté, ¿es posible que se haya erigido este edificio sólo para enterrar en él una cosa tan pequeña?

La Imprenta Nacional. Al revés que la Puerta del Sol, éste es el sepulcro de la verdad. Única tumba de nuestro país donde a uso de Francia vienen los concurrentes a echar flores.

La Victoria. Ésa yace para nosotros en toda España. Allí no había epitafio, no había monumento. Un pequeño letrero que el más ciego podía leer decía sólo: «¡Este terreno le ha comprado a perpetuidad, para su sepultura, la junta de enajenación de conventos!»

¡Mis carnes se estremecieron! ¡Lo que va de ayer a hoy! ¿Irá otro tanto de hoy a mañana?

Los teatros. «Aquí reposan los ingenios españoles.» Ni una flor, ni un recuerdo, ni una inscripción.

«El Salón de Cortes». Fue casa del Espíritu Santo; pero ya el Espíritu Santo no baja al mundo en lenguas de fuego.

Aquí yace el Estatuto,
vivió y murió en un minuto.

Sea por muchos años, añadí, que sí será: éste debió de ser raquítico, según lo poco que vivió.

«El Estamento de Próceres.» Allá en el Retiro. Cosa singular. ¡Y no hay un Ministerio que dirija las cosas del mundo, no hay una inteligencia previsora, inexplicable! Los próceres y su sepulcro en el Retiro.

El sabio en su retiro y villano en su rincón.

Pero ya anochecía, y también era hora de retiro para mí. Tendí una última ojeada sobre el vasto cementerio. Olía a muerte próxima. Los perros ladraban con aquel aullido prolongado, intérprete de su instinto agorero; el gran coloso, la inmensa capital, toda ella se removía como un moribundo que tantea la ropa; entonces no vi más que un gran sepulcro: una inmensa lápida se disponía a cubrirle como una ancha tumba.

No había «aquí yace» todavía; el escultor no quería mentir; pero los nombres del difunto saltaban a la vista ya distintamente delineados.

«¡Fuera –exclamé– la horrible pesadilla, fuera! ¡Libertad! ¡Constitución! ¡Tres veces! ¡Opinión nacional! ¡Emigración! ¡Vergüenza! ¡Discordia!» Todas estas palabras parecían repetirme a un tiempo los últimos ecos del clamor general de las campanas del día de Difuntos de 1836.

Una nube sombría lo envolvió todo. Era la noche. El frío de la noche helaba mis venas. Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos.

¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! «¡Aquí yace la esperanza!»

¡Silencio, silencio!

El Español, n.º 368, 2 de noviembre de 1836.


Otro famoso artículo de Larra: “La nochebuena de 1836“.

Portada de la revista El pobrecito hablador, fundada por Larra en 1832.

El pobrecito hablador


LA SUPERACIÓN DEL ROMANTICISMO

El escritor costumbrista Ramón de Mesonero Romanos escribió en plena época romántica una divertida y perspicaz parodia de los tópicos de aquel movimiento. La incluimos aquí íntegra. (Puede leerse un fragmento anotado en esta Sala de lectura).

mesonero romanos 1870

Ramón de Mesonero Romanos (1803-1882)

El romanticismo y los románticos

"Señales son del juicio
 Ver que todo lo perdemos,
 Unos por carta de más
 Y otros por carta de menos."
 Lope de Vega

Si fuera posible reducir a un solo eco las voces todas de la actual generación europea, apenas cabe ponerse en duda que la palabra romanticismo parecería ser la dominante desde el Tajo al Danubio, desde el mar del Norte al estrecho de Gibraltar.

Y sin embargo (¡cosa singular!), esta palabra, tan favorita, tan cómoda, que así aplicamos a las personas como a las cosas, a las verdades de la ciencia como a las ilusiones de la fantasía; esta palabra, que todas las plumas adoptan, que todas las lenguas repiten, todavía carece de una definición exacta, que fije distintamente su verdadero sentido.

¡Cuántos discursos, cuántas controversias han prodigado los sabios para resolver acertadamente esta cuestión! Y en ellos ¡qué contradicción de opiniones! ¡qué extravagancia singular de sistemas!… “¿Qué cosa es romanticismo?…” —les ha preguntado el público— y los sabios le han contestado cada cual a su manera. Unos le han dicho que era todo lo ideal y romanesco; otros, por el contrario, que no podía ser sino lo escrupulosamente histórico; cuáles han creído ver en él la naturaleza su verdad; cuáles la imaginación en toda su mentira; algunos han asegurado que sólo era propio para describir la Edad Media; otros le han hallado aplicable también a la moderna; aquéllos le han querido hermanar con la religión y con la moral; éstos le han echado a reñir con ambas; hay quien pretende dictarle reglas; hay, por último, quien sostiene que su condición es la de no guardar ninguna.

Dueña, en fin, la actual generación de este pretendido descubrimiento, de este mágico talismán, indefinible, fantástico, todos los objetos le han parecido propios para ser mirados al través de aquel prisma seductor; y no contenta con subyugar a él la literatura y las bellas artes, que por su carácter vago permiten más libertad a la fantasía, ha adelantado su aplicación a los preceptos de la moral, a las verdades de la Historia, a la severidad de las ciencias, no faltando quien pretende formular bajo esta nueva enseña todas las extravagancias morales y política, científicas y literarias.

El escritor osado, que acusa a la sociedad de corrompida, al mismo tiempo que contribuye a corromperla con la inmoralidad de sus escritos; el político, que exagera todos los sistemas, todos los desfigura y contradice, y pretende reunir en su doctrina el feudalismo y la república; el historiador, que poetiza la Historia; el poeta que finge una sociedad fantástica, y se queja de ella porque no reconoce su retrato; el artista, que pretende pintar a la naturaleza aún más hermosa que en su original; todas estas manías, que en cualesquiera épocas han debido existir, y sin duda en siglos anteriores habrán podido pasar por extravíos de la razón o debilidades de la humana especie, el siglo actual, más adelantado y perspicuo, las ha calificado de romanticismo puro.

“La necedad se pega” —ha dicho un autor célebre—. No es esto afirmar que lo que hoy se entiende por romanticismo sea necedad, sino que todas las cosas exageradas suelen degenerar en necias; y bajo este aspecto, la romántico-manía se pega también. Y no sólo se pega, sino que, al revés de otras enfermedades contagiosas, que a medida que se transmiten pierden en grado de intensidad, ésta, por el contrario, adquiere en la inoculación tal desarrollo, que lo que en su origen pudo ser sublime, pasa después a ser ridículo; lo que en unos fue un destello del genio, en otros viene a ser un ramo de locura.

Y he aquí por qué un muchacho que por los años de 1810 vivía en nuestra corte y su calle de la Reina, y era hijo del general francés Hugo y se llamaba Víctor, encontró el romanticismo donde menos podía esperarse, esto es, en el Seminario de Nobles; y el picaruelo conoció lo que nosotros no habíamos sabido apreciar, y teníamos enterrado hace dos siglos con Calderón; y luego regresó a París, extrayendo de entre nosotros esta primera materia, y la confeccionó a la francesa, y provisto, como de costumbre, con su patente de invención, abrió su almacén, y dijo que él era el Mesías de la literatura, que venía a redimirla de la esclavitud de las reglas, y acudieron ansiosos los noveleros; y la manada de imitadores (imitatores servum pecus, que dijo Horacio) se esforzaron en sobrepujarle y dejar atrás su exageración; y los poetas transmitieron el nuevo humor a los novelistas; éstos a los historiadores; éstos a los políticos; éstos a todos los demás hombres; éstos a todas las mujeres, y luego salió de Francia aquel virus ya bastardeado, y corrió toda la Europa, y vino, en fin, a España; y llegó a Madrid (de donde había salido puro), y de una en otra pluma, de una otra cabeza, vino a dar en la cabeza y en la pluma de mi sobrino, de aquel sobrino de que ya en otro tiempo creo haber hablado a mis lectores; y tal llegó a sus manos, que ni el mismo Víctor Hugo le conocería, ni el Seminario de Nobles tampoco.

La primera aplicación que mi sobrino creyó deber hacer de adquisición tan importante, fue a su propia física persona, esmerándose en poetizarla por medio del romanticismo aplicado al tocador.

Porque (decía él) la fachada de un romántico debe ser gótica, ojiva, piramidal y emblemática.

Para ello comenzó a revolver cuadros y libros viejos y a estudiar los trajes del tiempo de las Cruzadas; y cuando en un códice roñoso y amarillento acertaba a encontrar un monigote formando alguna letra inicial de capítulo, o rasguñado al margen por infantil e inexperta mano, daba por bien empleado su desvelo, y luego poníase a formular en su persona aquel trasunto de la Edad Media.

Por resultado de estos experimentos llegó muy luego a ser considerado como la estampa más romántica de todo Madrid, y a servir de modelo a todos los jóvenes aspirantes a esta nueva, no sé si diga ciencia o arte. Sea dicho en verdad; pero si yo hubiese mirado el negocio sólo por el lado económico, poco o nada podía pesarme de ello, porque mi sobrino, procediendo a simplificar su traje, llegó a alcanzar tal rigor ascético, que un ermitaño daría más que hacer a los Utrillas y Rougets.

Por de pronto eliminó el frac, por considerarle tiempo de la decadencia; y aunque no del todo conforme con la levita, hubo de transigir con ella, como más análoga a la sensibilidad de la expresión. Luego suprimió el chaleco, por redundante; luego el cuello de la camisa, por inconexo; luego las cadenas y relojes, los botones y alfileres, por minuciosos y mecánicos; después los guantes, por embarazosos; luego las aguas de olor, los cepillos, el barniz de las botas, y las navajas de afeitar, y otros mil adminículos que los que no alcanzamos la perfección romántica creemos indispensables y de todo rigor.

elromantico

“El romántico”, grabado de Escenas matritenses, 1845.

Quedó, pues, reducido todo el atavío de su persona a un estrecho pantalón, que designaba la musculatura pronunciada de aquellas piernas; una levitilla de menguada faldamenta y abrochada tenazmente hasta la nuez de la garganta; un pañuelo negro descuidadamente añudado en torno de ésta, y un sombrero de misteriosa forma, fuertemente introducido hasta la ceja izquierda. Por bajo de él descolgábanse de entrambos lados de la cabeza dos guedejas de pelo negro y barnizado, que, formando un doble bucle convexo, se introducían por bajo de las orejas, haciendo desaparecer éstas de la vista del espectador; las patillas, la barba y el bigote, formando una continuación de aquella espesura, daban con dificultad permiso para blanquear a dos mejillas lívidas, dos labios mortecinos, una afilada nariz, dos ojos grandes, negros y de mirar sombrío, una frente triangular y fatídica. Tal era la vera efigies de mi sobrino; y no hay que decir que tan uniforme tristura ofrecía no sé qué de siniestro e inanimado; de suerte que no pocas veces, cuando, cruzado de brazos y la barba sumida en el pecho, se hallaba abismado en sus tétricas reflexiones, llegaba yo a dudar si era él mismo o sólo su traje colgado de una percha; y acontecióme más de una ocasión el ir a hablarle por la espalda, creyendo verle de frente, o darle una palmada en el pecho, juzgando dársela en el lomo.

Ya que vio romantizada su persona, toda su atención se convirtió a romantizar igualmente sus ideas, su carácter y sus estudios. Por de pronto, me declaró rotundamente su resolución contraria a seguir ninguna de las carreras que le propuse, asegurándome que encontraba en su corazón algo de volcánico y sublime, incompatible con la exactitud matemática, o con las fórmulas del foro; y después de largas disertaciones, vine a sacar en consecuencia que la carrera que le parecía más análoga a sus circunstancias era la carrera de poeta, que, según él, es la que guía derechita al templo de la inmortalidad.

En busca de sublimes inspiraciones, y con el objeto, sin duda, de formar su carácter tétrico y sepulcral, recorrió día y noche los cementerios y escuelas anatómicas, trabó amistosa relación con los enterradores y fisiólogos; aprendió el lenguaje de los búhos y de las lechuzas; encaramóse a las peñas escarpadas, y se perdió en la espesura de los bosques; interrogó a las ruinas de los monasterios y de las ventas (que él tomaba por góticos castillos), examinó la ponzoñosa virtud de las plantas, e hizo experiencia en algunos animales del filo de su cuchilla y de convulsos movimientos de la muerte. Trocó los libros que yo le recomendaba, los Cervantes, los Solís, los Quevedos, los Saavedras, los Moretos, Meléndez y Moratines, por los Hugos y Dumas, los Balzacs, los Sands y Souliés; rebutió su mollera de todas las encantadoras fantasías de lord Byron y de los tétricos cuadros de d’Arlincourt; no se le escapó uno solo de los abortos teatrales de Ducange ni de los fantásticos ensueños de Hoffman; y en los ratos en que menos propenso estaba a la melancolía entreteníase en estudiar la Craneooscopia, del doctor Gall, o las Meditaciones, de Volney.

Fuertemente pertrechado con toda esta diabólica erudición, se creyó ya en estado de dejar correr su pluma, y rasguñó unas cuantas docenas de fragmentos en prosa poética y concluyó algunos cuentos en verso prosaico; y todos empezaban con puntos suspensivos, y concluían en ¡maldición!; y unos y otros estaban atestados de figuras de capuz, y de siniestros bultos; y de hombres gigantes, y de sonrisa infernal; y de almenas altísimas, y de profundos fosos; y de buitres carnívoros, y de copas fatales; y de ensueños fatídicos, y de velos transparentes; y de aceradas mallas, y de briosos corceles; y de flores amarillas, y de fúnebre cruz. Generalmente todas estas composiciones fugitivas solían llevar sus títulos tan incomprensibles y vagos como ellas mismas; v. gr.: ¡¡¡Qué será!!!, ¡¡¡…No…!!!, ¡Más allá…!, Puede ser, ¿Cuándo?, ¡Acaso.. . ! ¡Oremus!

Esto en cuanto a la forma de sus composiciones; en cuanto al fondo de sus pensamientos, no sé qué decir, sino que unas veces me parecía mi sobrino un gran poeta, y otras un loco de atar; en algunas ocasiones me estremecía al oírle cantar el suicidio, o discurrir dudosamente sobre la inmortalidad del alma; y otras teníale por un santo, pintando la celestial sonrisa de los ángeles o haciendo tiernos apóstrofes a la Madre de Dios. Yo no sé a punto fijo qué pensaba él sobre todo esto; pero creo que lo más seguro es que no pensaba nada, ni él mismo entendía lo que quería decir.

Sin embargos el muchacho con estos raptos consiguió al fin verse admirado por una turba de aprendices del delirio, que le escuchaban enternecidos cuando él, con voz monótona y sepulcral, les recitaba cualquiera de sus composiciones; y siempre le aplaudían en aquellos rasgos más extravagantes y oscuros, y sacaban copias nada escrupulosas, y las aprendían de memoria, y luego esforzábanse a imitarlas, y sólo acertaban a imitar los defectos, y de ningún modo las bellezas originales que podían recomendarlas.

Todos estos encomios y adulaciones de amistad lisonjeaban muy poco el altivo deseo de mi sobrino, que era nada menos que atraer hacía sí la atención y el entusiasmo de todo el país. Y convencido de que para llegar al templo de la inmortalidad (partiendo de Madrid) es cosa indispensable el pasarse por la calle del Príncipe, quiero decir, el componer una obra para el teatro, he aquí la razón por que reunió todas sus fuerzas intelectuales; llamó a concurso su fatídica estrella, sus recuerdos, sus lecturas; evocó las sombras de los muertos para preguntarles sobre diferentes puntos; martirizó las historias y tragó el polvo de los archivos; interpeló a su calenturienta musa, colocándose con ella en la región aérea donde se forman románticas tormentas; y mirando desde aquella altura esta sociedad terrena, reducida por la distancia a una pequeñez microscópica, aplicado al ojo izquierdo el catalejo romántico, que todo lo abulta, que todo lo descompone, inflamóse al fin su fosfórica fantasía y compuso un drama.

¡Válgame Dios! ¡Con qué placer haría yo a mis lectores el mayor de los regalos posibles dándoles in integrum esta composición sublime, práctica explicación del sistema romántico, en que, según la medicina homeopática, consiste en curar las enfermedades con sus semejantes, se intenta, a fuerza de crímenes, corregir el crimen mismo! Mas ni la suerte ni mi sobrino me han hecho poseedor de aquel tesoro, y únicamente la memoria, depositaria infiel de secretos, ha conservado en mi imaginación el título y personajes del drama. Hélos aquí:

¡¡ELLA…!! Y ¡¡ÉL…!!

Drama Romántico Natural
Emblemático-sublime, Anónimo, Sinónimo, Tétrico y Espasmódico;
Original, en diferentes prosas y versos,
en seis actos y catorce cuadros

Por…

Aquí había una nota que decía: Cuando el público pida el nombre del autor, y seguía más abajo:
Siglos IV y V.—La escena pasa en toda Europa y dura unos cien años.

INTERLOCUTORES

La mujer (todas las mujeres, toda la mujer).
El marido (todos los maridos).
Un hombre salvaje (el amante).
El Dux de Venecia.
El tirano de Siracusa.
El doncel.
La Archiduquesa de Austria.
Un espía.
Un favorito.
Un verdugo.
Un boticario.
La Cuádruple Alianza.
El sereno del barrio.
Coro de monjas carmelitas.
Coro de Padres agonizantes.
Un hombre del pueblo.
Un pueblo de hombres.
Un espectro que habla.
Otro idem que agarra.
Un demandadero de la Paz y Caridad.
Un judío.
Cuatro enterradores.
Músicos y danzantes.
Comparsas de tropa, brujas, gitanos, frailes y gente ordinaria.

Los títulos de las jornadas (porque cada una llevaba el suyo, a manera de código) eran, si mal no me acuerdo, los siguiente: 1ª. Un crimen; 2ª. El veneno; 3ª. Ya es tarde; 4ª. El panteón; 5ª. ¡Ella! 6ª. ¡El!, y las decoraciones eran las seis obligadas en todos los dramas románticos, a saber: Salón de baile; Bosque; La capilla; Un subterráneo; La alcoba y El cementerio.

Con tan buenos elementos confeccionó mi sobrino su admirable composición, en términos, que si yo recordase una sola escena para estamparla aquí, peligraba el sistema nervioso de mis lectores; con que, así no hay sino dejarlo en tal punto y aguardar a que llegue un día en que la fama nos las trasmita en toda su integridad; día que él retardaba, aguardando a que las masas (las masas somos nosotros) se hallen (o nos hallemos) en el caso de digerir esta comida, que él modestamente llamaba un poco fuerte.

De esta manera mi sobrino caminaba a la inmortalidad por la senda de la muerte; quiero decir, que con tales fatigas cumplía lo que él llamaba su misión sobre la tierra. Empero, la continuación de las vigilias y el obstinado combate de sentimientos tan hiperbólicos habíanle reducido a una situación tan lastimosa de cerebro, que cada día me temía encontrarle consumido a impulsos de su fuego celestial.

Y aconteció que, para acabar de rematar lo poco que en él quedaba de seso, hubo de ver una tarde por entre los mal labrados hierros de su balcón a cierta Melisendra de diez y ocho abriles, más pálida que una noche de luna, y más mortecina que lámpara sepulcral; con sus luengos cabellos trenzados a la veneciana, y sus mangas a la María Tudor, y su blanquísimo vestido aéreo a la Straniera, y su cinturón a la Esmeralda, y su cruz de oro al cuello a lo huérfana de Underlach.

Hallábase a la sazón meditabunda, los ojos elevados al cielo, la mano derecha en la apagada mejilla, y en la izquierda sosteniendo débilmente un libro abierto… libro que, según el forro amarillo, su tamaño y demás proporciones, no podía ser otro, a mi entender, que el Han de Islandia o el Bug-Jargal. [Son dos novelas primerizas de Víctor Hugo].

No fue menester más para que la chispa eléctrico-romántica atravesase instantáneamente la calle, y pasase desde el balcón de la doncella sentimental al otro frontero donde se hallaba mi sobrino, viniendo a inflamar súbitamente su corazón. Miráronse, pues, y creyeron adivinarse; luego se hablaron, y concluyeron por no entenderse; esto es, por entregarse a aquel sentimiento vago, ideal, fantástico, frenético, que no sé bien cómo designar aquí, si no es ya que me valga de la consabida calificación de… romanticismo puro.

Pero al cabo, el sujeto en cuestión era mi sobrino, y el bello objeto de sus arrobamientos, una señorita, hija de un honrado vecino mío, procurador del número y clásico por todas sus coyunturas. A mí no me desagradó la idea de que el muchacho se inclinase a la muchacha (siempre llevando por delante la más sana intención), y con el deseo también de distraerle de sus melancólicas tareas, no sólo le introduje en la casa, sino que favorecí (Dios me lo perdone) todo lo posible el desarrollo de su inclinación.

Lisonjeábame, pues, con la idea de un desenlace natural y espontáneo, sabiendo que toda la familia de la niña participaba de mis sentimientos, cuando una noche me hallé sorprendido con la vuelta repentina de mi sobrino, que en el estado más descompuesto y atroz corrió a encerrarse en su cuarto gritando desaforadamente: “¡Asesino…! ¡Asesino…! ¡Fatalidad! ¡Maldición…!”

¿Qué demonios es esto? Corro al cuarto del muchacho, pero había cerrado por dentro y no me responde; vuelo a casa del vecino por si alcanzo a averiguar la causa de aquel desorden, y me encuentro en otro no menos terrible a toda la familia: la chica accidentada y convulsa, la madre llorando, el padre fuera de sí….

—¿Qué es esto, señores? ¿qué es lo que hay?
—¿Qué ha de ser? (me contestó el buen hombre). ¿Qué ha de ser sino que el demonio en persona se ha introducido en mi casa con su sobrino de V…? Lea V., lea usted qué proyectos son los suyos; qué ideas de amor y de religión….

Y me entregó unos papeles, que por lo visto había sorprendido a los amantes.

Recorrílos rápidamente, y me encontré diversas composiciones de estas de tumba y hachero, que yo estaba tan acostumbrado a escuchar a mi sobrino. En todas ellas venía a decir a su amante, con la mayor ternura, que era preciso que se muriesen para ser felices; que se matara ella, y luego él iría a derramar flores sobre su sepulcro, y luego se moriría también y los enterrarían bajo una misma losa… Otras veces la proponía que para huir de la tiranía del hombre —”este hombre soy yo”, decía el pobre procurador—, se escurriese con él a los bosques o a los mares, y que se irían a una caverna a vivir con las fieras, o se harían piratas o bandoleros; en unas ocasiones la suponía ya difunta y la cantaba el responso en bellísimas quintillas y coplas de pie quebrado; en otras llenábala de maldiciones por haberle hecho probar la ponzoña del amor.

—Y a todo esto —añadía el padre—, nada de boda ni nada de solicitar un empleo para mantenerla…. Vea usted, vea usted: por ahí ha de estar…; oiga usted cómo se explica en este punto…; ahí, en esas coplas o seguidillas, o lo que sean, en que la dice lo que tiene que esperar de él…

Y en tan fiera esclavitud,
Sólo puede darte mi alma
Un suspiro… y una palma…
Una tumba… y una cruz…

Pues cierto que son buenos adminículos para llenar una carta de dote…; no, sino échelos V. en el puchero y verá qué caldo sale…. Y no es esto lo peor (continuaba el buen hombre), sino que la muchacha se ha vuelto tan loca como él, y ya habla de féretros y letanías, y dice que esta deshojada y que es un tronco carcomido, con otras mil barbaridades, que no sé cómo no la mato…, y a lo mejor nos asusta por las noches, despertando despavorida y corriendo por toda la casa, diciendo que la persigue la sombra de no sé qué Astolfo o Ingolfo el Exterminador; y nos llama tiranos a su madre y a mí; y dice que tiene guardado un veneno, no sé bien si para ella o para nosotros; y entre tanto las camisas no se cosen, y la casa no se barre, y los libros malditos me consumen todo el caudal.

—Sosiéguese V., señor don Cleto, sosiéguese V.

Y llamándole aparte, le hice una explicación del carácter de mi sobrino, componiéndolo de suerte que, si no lo convencí de que podía casar a su hija con un tigre, por menos le determiné a casarla con un loco.

Satisfecho con tan buenas nuevas, regresé a mi casa para tranquilizar el espíritu del joven amante; pero aquí me esperaba otra escena de contraste, que por lo singular tampoco dudo en apellidar romántica.

Mi sobrino, despojado de su lacónico vestido y atormentado por sus remordimientos, había salido en mi busca por todas las piezas de la casa, y no hallándome, se entregaba a todo el lleno de su desesperación. No sé lo que hubiera hecho considerándose solo, cuando al pasar por el cuarto de la criada, hubo, sin duda, ésta de darle a conocer por algún suspiro que un ser humano respiraba a su lado. (Se hace preciso advertir que esta tal moza era una moza gallega, con más bellaquería que cuartos y más cuartos que peseta columnaria, y que hacía ya días que trataba de entablar relaciones clásicas con el señorito.) La ocasión la pintan calva, y la gallega tenía buenas garras para no dejarla escapar; así fue que entreabrió la puerta, y modificando todo lo posible la aguardentosa voz, acertó a formar un sonido gutural, término medio entre el graznido del pato y los golpes de la codorniz.

—Señoritu… señoritu… ¿qué diablus tiene…? Entre y dígalo; siquier una cataplasma para las muelas o un emplasto para el hígadu…

Y cogió y le entró en su cuarto y sentóle sobre la cama, esperando, sin duda, que él pusiera algo de su parte.

Pero el preocupado galán no respondía, sino de cuando en cuando exhalaba hondos suspiros, que ella contestaba a vuelta de correo con otros descomunales, aderezados con aceite y vinagre, ajos crudos y cominos, parte del mecanismo de la ensalada que acababa de cenar. De vez en cuando tirábale de las narices o le pinchaba las orejas con un alfiler (todo en muestra de cariño y de tierna solicitud ); pero el hombre-estatua permanecía siempre en la misma inamovilidad.

Ya estaba ella en términos de darse a todos los diablos por tanta severidad de principios, cuando mi sobrino, con un movimiento convulsivo, la agarró con una mano de la camisa (que no sé si he dicho que era de lienzo choricero del Bierzo), e hincando una rodilla en tierra, levantó en ademán patético el otro brazo y exclamó:

Sombra fatal de la mujer que adoro,
Ya el helado puñal siento en el pecho;
Ya miro el funeral lúgubre lecho
Que a los dos nos reciba al perecer;
Y veo en tu semblante la agonía,
Y la muerte en tus miembros palpitantes,
Que reclama dos míseros amantes
Que la tierra no pudo comprender.

—¡Ave María purísima!… (dijo la gallega santiguándose). Mal dimoñu me lleve si le comprendu….; ¡Habrá cermeñu…! Pues si quier lechu, ¿tiene más que tenderse en ese que está ahí delante, y dejar a los muertos que se acuesten con los difuntos?

Pero el amartelado galán seguía, sin escucharla, su improvisación, y luego, variando de estilo y aun de metro, exclamaba:

¡Maldita seas, mujer!
¿No ves que tu aliento mata?
Si has de ser mañana ingrata,
¿Por qué me quisiste ayer?
¡Maldita seas, mujer!

—El malditu sea él y la bruja que lo parió… ¡Ingratu! Después que todas las mañanas le entru el chocolate a la cama, y que por él he despreciadu al aguador Toribiu, y a Benitu el escarolero del portal….

Ven, ven y muramos juntos,
Huye del mundo conmigo,
Ángel de luz,
Al campo de los difuntos;
Allí te espera un amigo
Y un ataúd.

—Vaya, vaya, señoritu, esto ya pasa de chanza; o usted está locu, o yo soy una bestia… Váyase con mil demonius al cementerio u a su cuartu, antes que empiece a ladrar para que venga el amu y le ate.

Aquí me pareció conveniente poner un término a tan grotesca escena, entrando a recoger a mi moribundo sobrino y encerrarle bajo de llave en su cuarto; y al reconocer cuidadosamente y separar todos los objetos con que pudiera ofenderse, hallé sobre la mesa una carta sin fecha dirigida a mí, y copiada de la Galería fúnebre, la cual estaba concebida en términos tan alarmantes, que me hizo empezar a temer de veras sus proyectos y el estado infeliz de su cabeza. Conocí, pues, que no había más que un medio que adoptar, y era el arrancarle con mano fuerte a sus lecturas, a sus amores y a sus reflexiones, haciéndole emprender una carrera activa, peligrosa y varia; ninguna me pareció mejor que la militar, a la que él también mostraba alguna inclinación; hícele poner un charretera al hombro izquierdo, y le vi partir con alegría a reunirse a sus banderas.

Un año ha transcurrido desde entonces, y hasta hace pocos días no le había vuelto a ver; y pueden considerar mis lectores el placer que me causaría al contemplarlo robusto y alegre, la charretera a la derecha y una cruz en el lado izquierdo, cantando perpetuamente zorcicos y rondeñas, y por toda biblioteca en la maleta la Ordenanza militar y la Guía del oficial en campaña.

Luego que ya le vi en estado que no peligraba, le entregué la llave de su escritorio; y era cosa de ver el oírle repetir a carcajadas sus fúnebres composiciones; deseoso sin duda, de probarme su nuevo humor, quiso entregarlas al fuego; pero yo, celoso de su fama póstuma, me opuse fuertemente a esta resolución; únicamente consentí en hacer un escrupuloso escrutinio, dividiéndolas, no en clásicas y románticas, sino en tontas y no tontas, sacrificando aquéllas, y poniendo éstas sobre las niñas de mis ojos. En cuanto al drama, no fue posible encontrarle, por haberle prestado mi sobrino a otro poeta novel, el cual le comunicó a varios aprendices del oficio, y éstos le adoptaron por tipo, y repartieron entre sí las bellezas de que abundaba, usurpando de este modo ora los aplausos, ora los silbidos que a mi sobrino correspondían, y dando al público en mutilados trozos el esqueleto de tan gigantesca composición.

La lectura, en fin, de sus versos trajo a la memoria del joven militar un recuerdo de su vaporosa deidad; preguntome por ella con interés, y aun llegué a sospechar que estaba persuadido de que se habría evaporado de puro amor; pero yo procuré tranquilizarle con la verdad del caso, y era que la abandonada Ariadna se había conformado con su suerte: ítem más, se había pasado al género clásico, entregando su mano, y aun no sé si su corazón, a un honrado mercader de la calle de Postas… ¡Ingratitud notable de mujeres…! Bien es la verdad que él, por su parte, no la había hecho, según me confesó, sino unas catorce o quince infidelidades en el año transcurrido. De este modo concluyeron unos amores que si hubieran seguido su curso natural, habrían podido dar a los venideros Shakespeares materia sublime para otro nuevo Romeo.

(Setiembre de 1837)

Nota del autor: El mérito de este cuadro (si es que alguno tiene) fue sin duda el de la oportunidad, y el osado atrevimiento del autor en darle a luz en los momentos en que la nueva secta hugólatra dominaba en toda la línea del uno al otro extremo de la república literaria. Ya hemos recordado el ferviente entusiasmo, la asombrosa vitalidad que por entonces ofrecían en nuestra capital las imaginaciones juveniles, y la energía que prestaban a su desarrollo la revolución política, la revolución literaria y la creación de la tribuna de los periódicos y de los liceos. Era un momento de vértigo y de exageración, aunque fecundo en magníficos resultados. A las modestas y filosóficas comedías de Moratín, Gorostiza y Bretón habían sustituido en nuestra escena los apasionados dramas de El trovador, Los amantes de Teruel y La fuerza del sino. Espronceda y Zorrilla, con su robusta entonación, elevadas imágenes y florido estilo, habían arrinconado la lira antigua de Garcilaso y de Meléndez, las anacreónticas y églogas, los madrigales e idilios, los pastores y zagalas. Con ellos habían enterrado los preceptos de Aristóteles y de Horacio, de Boileau y de Luzán. Shakespeare, el Dante y Calderón eran las nuevas divinidades poéticas, y Víctor Hugo, su gran sacerdote y profeta. ¿Quién podría negar justamente el tributo de entusiasmo y admiración al autor de Nuestra Señora de París y de Lucrecia Borgia, de las Orientales y del Angelo? ¿Quién resistir al impulso de la época, que agitando y conmoviendo todas la imaginaciones, todos los talentos, en política, en ciencias, en literatura y artes, les presentaba nuevos y dilatados horizontes de porvenir y de gloria?

Aquella exaltación, sin embargo, rayó breves momentos en un punto ridículo, y estos momentos oportunos fueron los que con no poca osadía, escogió para castigarle el autor de las Escenas Matritenses, llegando su valor hasta el extremo de leer su composición en el mismo Liceo de Madrid, centro de las nuevas opiniones y magnífico palenque de sus más ardientes adalides.

Por fortuna hizo asomar la risa a los labios de los mismos censurados, y en gracia de ella, y en prenda también de su buen amistad, le perdonaron sin duda aquella festiva y bien intencionada fraterna. Hubo, sin embargo, algunos pérfidos instigadores de mala ley, que achacaron al autor intenciones gratuitas de retratar en sus líneas a algunos de nuestros más peregrinos ingenios, procurando indisponerle con ellos y hacerles tomar por aplicaciones a su persona, los rasgos generales con que aparecía presentado al público el tipo del poeta romántico; pero el grande y verdadero talento de aquéllos les hizo conocer, no sólo la inexactitud de tal supuesto, sino la buena intención del autor y la rectitud de su juicio literario. Algo cree haber contribuido a fijar la opinión hacia un término justo entre ambas exageraciones clásicas y románticas: por lo menos, coincidió su sátira con el apogeo de la última de éstas, y desde entonces fue retrocediendo sensiblemente hasta un punto racional y admisible para todos los hombres de conciencia y de estudio. Además, dio la señal de otros ataques semejantes en el teatro y en la prensa, que minando sucesivamente aquel ridículo de bandería, acabó por hacerle desaparecer y que fructificasen en el verdadero terreno de la razón y del estudio talentos privilegiados, que han llegado a adquirir en nuestro Parnaso una inmortal corona.

Setiembre de 1837
Escenas matritenses, Segunda Serie (1836-1842). Madrid: Oficina de la Ilustración Española y Americana, 1871.

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